Tyrone Everett, la amiga travesti y el balazo de su novia que apagó los sueños de un gran campeón


Tyrone Everett nunca fue campeón del mundo, pese a que soñó repetidamente con ello. Pudo haberlo logrado el 30 de noviembre de 1976, pero perdió ante el puertorriqueño Alfredo Escalera por el título superpluma del Consejo Mundial de Boxeo en uno de los fallos más controvertido de las últimas décadas. Podría haberlo conseguido siete meses después, nuevamente ante Escalera, pero se lo impidió una bala calibre .32 que atravesó su cabeza unas semanas antes de esa revancha.

Ese título que le resultó esquivo se había convertido casi en una obsesión desde que había comenzado a combatir como profesional en 1971, a los 18 años. Tanto que se había colado en sus horas de descanso en forma de sueño recurrente que él reveló poco antes de su gran chance: “Me veo entrando en el ring con el cinturón de campeón alrededor de la cintura. Las luces se apagan, el foco de atención se posa sobre mí. Escucho a todas las chicas del público gritar: ‘Whoo-eee, mirá a Tyrone Everett’”.

Aunque no eran solo el campeonato mundial, los focos y los gritos de las mujeres lo que impulsaba a este zurdo veloz, hábil y dueño de una potente pegada (pese a que no era un noqueador). “El dinero es la única razón por la que estoy peleando. Tenés que estar loco para decir que te gusta pelear. ¿Quién quiere entrar al ring y ser golpeado?”, se preguntaba. En sus seis años como profesional, ganó lo suficiente como para comprar un Cadillac, un bar y dos edificios de departamentos en su Filadelfia natal, tierra de grandes campeones como Joe Frazier o Bernard Hopkins. Aunque luego de su muerte surgirían algunas dudas sobre el origen de ese dinero.

Tyrone Everett conecta un derechazo en la cabeza del surcoreano Kim Hyun-Chi, uno de los 36 rivales a los que derrotó durante su carrera profesional.

Tyrone Everett conecta un derechazo en la cabeza del surcoreano Kim Hyun-Chi, uno de los 36 rivales a los que derrotó durante su carrera profesional.

Treinta y cuatro victorias consecutivas (18 antes del límite), algunas ante adversarios exigentes como el surcoreano Kim Hyun-Chi, el venezolano Hugo Barraza y el californiano Ray Lunny, lo colocaron ante la oportunidad de ajustarse ese cinturón que había acariciado con la cabeza apoyada en la almohada. Su último escollo era Alfredo Escalera, que se había apoderado del cetro de las 130 libras en julio de 1975 al derrotar en suelo japonés al local Kuniaki Shibata y lo había defendido seis veces desde entonces.

Everett, a quien apodaban The Mean Machine, tendría la chance de pelear en casa, lo que, a priori, representaba una ventaja. La expectativa en Filadelfia era enorme: la noche del 30 de noviembre de 1976, 16.109 personas asistieron al viejo Spectrum, un récord que todavía se mantiene para un combate bajo techo en el estado de Pensilvania. Por este combate, el campeón tenía asegurada una bolsa de 90.000 dólares y el 40 por ciento de la venta de entradas (cuyos precios iban desde 7 hasta 25 dólares), mientras que el retador cobraría 15.000 dólares y el 15 por ciento de la recaudación.

En los días previos, la designación de los jueces para el combate había sido objeto de debates y misterios. Pocas horas antes de que los púgiles subieran al ring se informó que los encargados de puntuar serían Ismael Fernández, de Puerto Rico, y Lou Tress, de Filadelfia; además del árbitro mexicano Ray Solís. Una decisión salomónica que no evitaría la controversia posterior.

Sobre el cuadrilátero, Everett fue superior durante gran parte del combate, pero en el inicio del 13° asalto sufrió una profunda herida en la frente como consecuencia de un choque de cabezas. Con la visibilidad reducida por el baño de sangre que caía sobre sus ojos debió afrontar los últimos tres asaltos, que resultaron favorables a Escalera. Más allá de ese segmento final, todo hacía pensar que el título cambiaría de manos.

Tyrone Everett arremete contra Alfredo Escalera durante el combate que protagonizaron el 30 de noviembre de 1976 en el Spectrum de Filadelfia.

Tyrone Everett arremete contra Alfredo Escalera durante el combate que protagonizaron el 30 de noviembre de 1976 en el Spectrum de Filadelfia.

Pero no fue así. El árbitro Solís vio ganar a Everett 148-146. El puertorriqueño Fernández consideró que Escalera se había impuesto 146-143. Para sorpresa de muchos, el boricua también resultó vencedor (145-143) a los ojos de Tress, un hombre que llevaba más de 45 años desempeñándose como juez y que nunca volvió a fallar un combate tras esa noche. “Tyrone estaba esperando el cinturón, pero se lo arrebataron. Se lo robaron tan limpiamente que es un milagro que no se hayan llevado también sus zapatillas y su pantalón”, escribió el periodista Tom Cushman en el Philadelphia Daily News.

“Él corrió, corrió y corrió. No se puede ganar de esa manera. Para convertirte en campeón tenés que golpear y él no me golpeó”, justificó Escalera, quien propuso un desquite inmediato: “Si quiere, peleamos de nuevo en enero en Puerto Rico porque necesito dinero”. La mirada de su rival era muy distinta. “Hice la pelea que había planificado y gané. Todos pudieron ver cómo lo manejé, él nunca me lastimó realmente. Los jueces valoraron la sangre y no los golpes”, sostuvo, haciendo referencia al corte en su frente.

La misma noche de la pelea, Frank Gelb, mánager de Everett, solicitó a los representantes de la Comisión Atlética del Estado de Pensilvania que revieran el resultado. Dos días después, la Comisión, a través de su presidente, Howard McCall, pidió al Consejo Mundial de Boxeo una revancha dentro de los 90 días posteriores.

Tyrone Everett junto a su mánager, Frank Gelb.

Tyrone Everett junto a su mánager, Frank Gelb.

En esos días se especuló con que el resultado del combate había estado amañado, se apuntó directamente a Lou Tress y se vinculó con ello a Frank Blinky Palermo y y Honest Bill Daly, dos de los principales protagonistas de los negocios opacos en Filadelfia. En la década de 1960, Palermo había pasado siete años y medio en prisión por extorsionar al campeón mundial wélter Don Jordan. Esta vez, nada pudo probarse.

Mientras esperaba una resolución sobre el reclamo por la pelea ante Escalera, Everett se presentó nuevamente en el Spectrum el 21 de febrero: noqueó en el octavo asalto el veterano probador mexicano Cornelio Vega. Enseguida fue programado para participar en la cartelera que se llevaría a cabo el 16 de mayo en el Capitol Center de Landover (Maryland), que tendría como atractivo principal el duelo entre Muhammad Ali y el uruguayo Alfredo Evangelista, y en la que también participaría Escalera.

Cuando Everett viajó a Landover, su revancha con el puertorriqueño estaba asegurada: sería a fines de junio o principios de julio en San Juan. En el Capitol Center, el púgil de Filadelfia superó en el cuarto asalto al mexicano Delfino Rodríguez y Escalera despachó en el octavo al californiano Carlos Becerril. Todo estaba preparado para que volvieran a encontrarse.

De todos modos, el retador tenía sus reparos: deslizó que viajar a Puerto Rico podía acarrear un riesgo. “No me sorprendería que nos lastimaran allí”, sugirió. También denunció que en los días previos a la pelea ante Delfino Rodríguez había sido amenazado por amigos y familiares de Escalera durante una sesión de entrenamiento y que incluso su futuro rival le había lanzado una boa constrictora que tenía como mascota. Everett y su manager revelaron que estaban evaluando la posibilidad de subir de peso y desafiar al también puertorriqueño Esteban De Jesús, campeón ligero del Consejo.

Tyrone Everett ganó 36 peleas y perdió solo una durante su breve carrera profesional.

Tyrone Everett ganó 36 peleas y perdió solo una durante su breve carrera profesional.

Pero De Jesús, la balanza, Escalera, sus primos y su boa constrictora quedaron muy rápido en el olvido. El 26 de mayo, una patrulla de la Policía de Filadelfia acudió a una casa en el sur de la ciudad tras recibir el llamado de un vecino que denunció haber escuchado disparos. En una de las habitaciones del segundo piso los agentes encontraron a Everett tendido en el suelo, con un disparo de un arma calibre .32 en el rostro. El boxeador fue trasladado a un hospital, pero murió minutos después de ingresar.

La vivienda en la que había sido hallado pertenecía a Carolyn McKendrick, quien en ese momento se encontraba bajo régimen de libertad condicional tras haber sido condenada el año anterior por tenencia de estupefacientes y de un arma con la numeración suprimida. La mujer de 23 años había iniciado una relación con Everett a mediados de 1975 y en diciembre de ese año se habían comprometido.

McKendrick, sobre quien pesaba una orden de detención desde unas horas después de la muerte de su pareja, se entregó el 31 de mayo en el Departamento Central de Policía. Estaba acusada de homicidio, tenencia de un arma (pese a que nunca se encontró la pistola con la que se efectuó el disparo) y tenencia de estupefacientes, ya que los oficiales que ingresaron a su casa aseguraron que sobre la mesa del comedor había 39 dosis de heroína.

La mujer fue juzgada a fines de noviembre de ese año por un jurado del Tribunal de Causas Comunes de Filadelfia. De los 12 miembros, ocho eran hombres y cuatro, mujeres; y ocho eran blancos y cuatro, negros (como la acusada y Everett). El proceso duró nueve días y concitó gran expectación en la ciudad, aunque no en la prensa nacional estadounidense.

Durante el juicio, McKendrick contó que el 26 de mayo había regresado inesperadamente a la casa que compartía con Everett y había hallado al boxeador semidesnudo, “sudado, tartamudeando y con un tono de voz nervioso”. Cuando subió a su habitación, vio la cama deshecha. Al revisar el cuarto de sus hijos, encontró allí a Tyrone Price, una travesti con quien la pareja tenía vínculo desde hacía tiempo.

McKendrick explicó que había confrontado a Everett y que él se había acercado amenazadoramente y con un brazo en alto. Según afirmó, sintió temor, por lo que recogió la pistola que solía guardar en su cajonera, disparó una vez y escapó sin saber cuáles habían sido las consecuencias. Además reveló que el púgil la golpeaba frecuentemente y que varías veces le había pedido que abandonara su casa, pero él se había negado. Explicó que no había realizado denuncias ante la Policía porque no quería arruinar la carrera de su pareja. «A pesar de todo, lo amaba», dijo.

Carolyn McKendric junto a su abogado Stephen Serota durante el juicio.

Carolyn McKendric junto a su abogado Stephen Serota durante el juicio.

Price declaró que había visto varias veces a Everett pegarle a McKendrick. Detalló que aquella noche había intentado interceder en la discusión entre ambos, pero que la mujer la había golpeado en la cabeza con el arma y luego había apuntado, había disparado contra el boxeador y había escapado. Además reveló que vendía heroína bajo las órdenes de la pareja, negó haber tenido un vínculo íntimo con Everett y aseguró que el púgil había tenido relaciones sexuales con al menos cuatro hombres.

La Fiscalía, a cargo de Roger King, procuró demostrar que McKendrick había asesinado con premeditación a Everett. Stephen Serota, abogado defensor de la mujer, intentó probar que su cliente había disparado en defensa propia y en una situación de pánico. El 2 de diciembre, tras dos horas y media de deliberación, el jurado condenó a la acusada por homicidio en tercer grado y posesión de un arma, aunque la absolvió del cargo de posesión de heroína, que McKendrick siempre negó rotundamente.

“Creo que si Everett hubiera sido un don nadie, ella habría sido absuelta”, aseguró Serota, quien consideró que los miembros del jurado se habían visto “demasiado impresionados por el estatus de celebridad” del boxeador. “Ellos fueron intelectualmente deshonestos cuando dijeron que podían ignorar ese hecho y luego no lo hicieron”, sostuvo el abogado, quien apeló la sentencia contra su defendida.

El recurso de Serota no tuvo éxito y el 26 de junio de 1979 el juez Robert Latrone estableció una condena de entre cinco y diez años para McKendrick, quien recuperó la libertad tras cinco años en prisión.

La madre de Tyrone Everett, Doris, y sus hermanos Mike y Eddie junto a la tumba del boxeador en el cementerio Eden de Collingdale.

La madre de Tyrone Everett, Doris, y sus hermanos Mike y Eddie junto a la tumba del boxeador en el cementerio Eden de Collingdale.

Los restos de Everett fueron enterrados en una tumba sin identificación en el cementerio Eden de Collingdale, en las afueras de Filadelfia. Su sepultura permaneció así hasta que en diciembre de 2005 y por iniciativa de John DiSanto, editor del sitio web Philly Boxing History, se le colocó una lápida con su nombre. De la ceremonia participaron la madre del púgil, Doris, y sus hermanos menores, Mike y Eddie, quienes también fueron boxeadores profesionales.



Fuente: Clarin.com

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