Neymar, el equilibrista, tensa demasiado la cuerda y está en riesgo de caída


No me gustan los circos. Desde pequeño, nunca he querido acudir a uno, ni tan siquiera he sentido curiosidad cuando he visto una carpa gigante cerca de Rabassa. Sentía pena por los animales. No entendía que pudieran estar en un hábitat tan pequeño y temía que fueran maltratados para que, después, cuatro fueran a dar palmas. Además, me daban miedo. 

Sé que no todos los circos utilizan animales, pero mi historia de desamor con el ambiente cirquense ya no tenía solución. Recuerdo que en el colegio me daban vales de descuento y antes de salir de la clase los tiraba a la basura. Temía que mis padres me llevaran. Mi enorme curiosidad nunca me guió hasta ellos.

Mi animadversión hacia todo aquello que tuviera que ver con un circo fue creciendo con el paso de los años. Tal vez tuviera mucho que ver que los payasos nunca me han hecho gracia. El gran atractivo de la feria no conseguía sacarme ni una sola carcajada. Me aburría cuando estaba en alguna fiesta infantil y aparecía un narizudo rojo. Después, esto se trasladó a los trapecistas, los equilibristas y los malabaristas. A estos últimos les tenía especial inquina porque yo nunca supe manejar el diábolo. Puede que ​Neymar, actualmente, ocupe un espacio entre el malabarista y el equilibrista.

Neymar es un malabarista. A estas alturas nadie debería dudar que sus filigranas y su manera de romper a los rivales el digno del circo o de una competición de free stryle. Sus dotes con el esférico hacen levantar al respetable de sus asientos. El último amante del jogo bonito. El último malandro.

Precisamente por esto último, porque el brasileño tiene alma de malandro, también es un equilibrista. No lo es porque sea capaz de mover el pie de forma vertiginosa y no perder la compostura mientras rompe la cadera de sus rivales, lo es porque ama andar con la cuerda floja. Le gusta estar en el filo de la navaja, la polémica. No le importa lo que digan, él sigue mostrándose de fiesta con sus amigos, a los que llama ‘toiss’ como si de una banda se tratara. Tal vez es demasiado peso para la cuerda.


Neymar debería darse cuenta. La cuerda se puede romper. A otros muchos jugadores se les terminó rompiendo y él no es especial ni está tocado por una varita. Hasta Maradona, el mejor jugador jamás visto, terminó por caer en una cuerda demasiado tensa. Debería dejar sus dotes de equilibrista y centrarse en el fútbol sin postureos y sin alcohol. Debería centrarse en el equipo y dejar de tontear con otros, de ofrecerse. Respetar el escudo es su asignatura pendiente, aunque transmita los valores abusivos y antifutbolísticos del París Saint-Germain. Un club es mucho más que su propietario. Un futbolista es mucho más que su equilibrio.





Fuente: 90min.com

Compartir