«Maradona era la revancha de los pobres»


Cuenta Sebastián Méndez que su mejor amigo se murió hace menos de dos años de cáncer. Y dice que después de ese mazazo, todos los días se levantaba, iba a la ducha, abría la canilla y se largaba a llorar.

«El Gordo era fletero, era su manera de parar la olla -dice el Gallego-. Cuando nos sentábamos con el Gordo nos tomábamos un café y me contaba de los quilombos que tenía para llegar a fin de mes. Y es el día de hoy que me levanto y pienso: ¿Gordo, cómo estarás? ¿Estarás bien? Y lo mismo me pasa con Diego. No es un amigo de toda la vida, pero a la vez él te hacía sentir eso. Era tan cariñoso en el trato que era imposible no amarlo. Te juro que era imposible no amarlo.

-¿Cómo fue todo ese tiempo junto a Diego?

-Fue hermoso. Me puse en modo placer. Y pude. Aprendí un montón con Diego, lo disfrutaba. Lo miraba todo el tiempo. Diego tenía algo muy particular, llamale ángel, luz, lo que vos quieras. Pero él llegaba a un lugar y era un imán. Ya me había pasado como jugador, cuando lo enfrenté, decía por dentro “no lo voy a mirar, no lo voy a mirar”. Entrabas y chau. Es inexplicable. Yo traté de encontrarle explicación y no existe, no hay. Además, Maradona era Maradona a los 15 años. Y tuvo que ser Maradona 45 años. Yo no sé cómo soportó. ¿Cómo convivís con eso toda la vida? Debe ser terrible.

-¿Lo hablabas con él?

-Sí. Pero él lo explicaba de manera sencilla. A los 15 años, en los entretiempos, ya lo filmaban. Diego sabía todo. Y todo es todo. Quizás era tan intuitivo para jugar que lo veía como un hecho natural. Diego era un genio total, una autodidacta, un fenómeno. Rapidísimo de cabeza. Lo extraño y mucho. Y eso no va a parar. Porque yo ya tenía un amor incondicional sin conocerlo, pero cuando lo conocés es único.

-¿Tuviste dudas de aceptar acompañarlo en Gimnasia?

-¿Sabés cuál era mi miedo? La exposición, la prensa. Por eso no daba notas. A mí me gusta ir por la calle normal, hacer las compras. Y mi miedo era que eso dejara de pasar. Y después también tenía miedo de que él se enojara conmigo. El protagonista es Diego, siempre es Diego. Nosotros somos actores secundarios, recontra secundarios. Y en los partidos, por ejemplo, por el problema de sus rodillas, era yo el que se tenía que parar a dar indicaciones. Y al mismo tiempo que pensaba en el partido, por dentro maquinaba “pucha, no me voy a levantar tanto a ver si la gente piensa que uno quiere ser protagonista”.

Un año y medio trabajaron juntos en Gimnasia: cuando Diego murió, Méndez y su equipo dieron un paso al costado inmediatamente. Foto: AFP

Un año y medio trabajaron juntos en Gimnasia: cuando Diego murió, Méndez y su equipo dieron un paso al costado inmediatamente. Foto: AFP

-¿Y en el día a día cómo lo llevaste?

-Te cambia porque todo el mundo te habla de lo mismo. A mí me llamó un compañero de colegio de la primaria para ver si podía venir a un entrenamiento. Hacía 25 años que no hablábamos. “Si ni me acuerdo cómo era tu cara y la última vez que te vi, yo tenía pelo”. Y así un montón. Pero yo me llevo todo para mí: las anécdotas, las charlas en el fogón, los asados. Y ahora no veo nada de todo lo que sale o lo que dicen, me hace mal.

-¿Cómo es el Diego que conociste?

-Diego no comía caviar, Diego comía milanesas. A Diego le traían un pacú de Corrientes. Y eso me encantaba de él, la simpleza. Eso lo hacía más humano. A Maradona ya lo había visto, pero conocí a Diego y me encantó. Hablaba de los padres y se te ponía la piel de gallina. Tanto amor le habían dado tanto esos padres… Y te contaba que ya siendo grande, casado, cuando le pasaba algo se iba a la casa de la vieja a dormir la siesta. Necesitaba ese amor. Y viendo la vida de él, viendo esa persecución constante que no te permite salir tranquilo de tu casa, pienso que se refugiaba en lo más básico, que es el amor de los viejos. Ojalá mis hijos me quieran como él quería a sus padres. Por eso lo único que espero es que esté con los viejos. Yo no me lo imagino en otro lado, me lo imagino sentado con los viejos y que le digan “Pelusa”. Ahí era lo más básico. No sé, me gustaría que esté bien. No creo en nada, no soy religioso, solo creo en Dios. Esta medalla (muestra una cruz de plata) me la regaló él. Y es lo único que me quedó; yo no quería nada, no le pedía nada. En eso soy medio boludo porque me da vergüenza. Y no quería invadirlo tampoco.

-Debía ser complicado equilibrar lo profesional con lo emocional.

-Encima su trato era tan paternal. Ganábamos un partido y me decía «gracias, Gallego». ¡Gracias de qué! Gracias a vos que estoy acá. Y con los jugadores era divino. Cuando llegaba le daba un beso en el cachete a cada uno: “Hola papi, hola papi”.

-¿Sentís que él logró disfrutar de los homenajes que recibía en cada cancha?

-Sí, sin dudas. Fue lo mejor que hizo el fútbol argentino. Menos mal que Gimnasia lo contrató y que pudo vivir eso. Y a Gimnasia le cayó justo: el tipo más popular en un club muy popular. Mejor, imposible. Un club muy castigado… Y si algo tenía Diego es que siempre estaba del lado de la gente, siempre defendiendo a los que menos tienen. Diego era súper de izquierda, recontra de izquierda. Algunos dirán que tenía contradicciones porque usaba un anillo de diamantes… ¿Y quién no tiene contradicciones? Mirate en el espejo a la mañana. Nos vivimos equivocando, pero somos tan jodidos que siempre le buscamos el lunar al otro. Mirarse en el espejo es muy complicado y a veces no querés ver lo que muestra.

-Diego es todos los espejos juntos.

-Sí. Pero yo digo algo: ¿las miserias que él tenía no las tenemos muchos? Lo que pasa es que la vida de él era más pública que ninguna. A escala Dios. Yo puedo tener problemas con una pareja o si mi hija no me habla me muero, pero no se entera nadie. Si a él no le hablaba una hija era un quilombo. Vuelvo a lo mismo, no sé cómo mierda aguantó tanto tiempo ser Maradona.

-¿Qué te jodió que dijeran de él?

-De todo: que no era el técnico, que no hacía nada, que no entrenaba. Eso me hinchaba mucho las pelotas. Y me parecía irrespetuoso. Nosotros hicimos trabajos de campo con Diego. Venía caminando despacito, le decía al jugador dos o tres detalles. ¿Qué es lo que no hacía él? Obviamente, no tenía la energía que tenemos nosotros, pero yo dentro de 20 años tampoco voy a poder correr en una práctica como lo hago ahora. Diego no podía por las rodillas. Fueron muy injustos con él. Pónganse un reemplazo de rodilla y salgan a caminar a ver si pueden.

-¿Creés que la impronta rebelde de Diego y su origen provocaban el rechazo de algún sector de la sociedad?

-Yo pienso que el origen de Diego le pasó factura y lo hizo más fuerte, las dos cosas. Él no hubiese sido quien fue si no salía de ahí. Diego era una revancha constante. La gente de la alta sociedad no lo quería a Diego, de eso estoy seguro. Siempre tuvo ese rechazo. Pero a mí me importan tres carajos. Y a él también (se ríe). Era la revancha de los pobres. “Mirá hasta dónde llegué saliendo de Fiorito”. No heredó nada, su padre no era empresario, trabajaba en una curtiembre y se pelaba el lomo. Yo creo que la guita no te cambia, la guita te descubre quién sos realmente. Y con esto no digo que la gente no tiene cambiar, porque si sos el mismo tipo a los 20 años que a los 40, sos un pelotudo. Pero que ese cambio no haga olvidarte de dónde venís. Y eso Diego lo tenía bien claro.

-¿Cómo te enteraste de su muerte?

-Por mi hijo. Llegué a mi casa después de entrenar al equipo y vino mi hijo con el teléfono: “dicen que se murió Diego”. Llamé enseguida a uno de los colaboradores que estaba siempre con él y me atendió llorando. “Decime que no es verdad”, fue lo único que dije. Y era verdad.

-¿Y después?

-Y después te derrumbás. A nosotros nos aniquiló. Agradezco que nos hayan dejado ir a despedirlo en Casa Rosada. Fuimos al mediodía porque yo entendí que a la madrugada debían ir otros, su familia, sus amigos, los futbolistas que lo conocían más. Nosotros estuvimos apenas un cachitito en la vida de Diego. Y sentís que no pintás nada. ¿Qué carajo vas a hacer ahí? Mostrar tu dolor incluso te da hasta vergüenza. Aunque no lo creas, en medio de todo eso, hubo algo que me gustó: le permitieron a la gente pasar y despedirlo… Es muy loco gritarle a un cajón.

-¿Por qué decidieron dejar de dirigir al equipo?

-Porque había que irse. Enseguida, en medio de todo el dolor, nos dimos cuenta de que teníamos que irnos. Nosotros habíamos llegado con Diego. Ya no pintábamos ahí. Nos insistieron, nos pidieron los dirigentes, los jugadores; pero no, había que irse. Se había terminado. Me acuerdo que antes de ir para la Casa Rosada, los capitanes del plantel nos dijeron de hacer una despedida íntima, en la cancha, nosotros solos. Pusimos una pelota en el medio, hicimos una ronda y tuvimos un minuto en silencio. Y fue el minuto más largo de la historia.

-¿No te pareció innecesaria esa exposición el día de su cumpleaños?

-Yo quería que estuviera. Yo fui a la casa el día anterior porque quería que el día de su cumpleaños estuviera en la cancha. Pero después me lo reproché como un pelotudo. Fatura Brown fue ese mismo día para levantarlo y lo jodía siempre con lo mismo, le decía: “Dale, vos qué te pensás, que sos Maradona”. Quizá lamento haberle hinchado los huevos para que fuera. Sé que no hubiese cambiado nada, pero ahora adentro de mi cabeza me pasa eso: “Déjenlo tranquilo, que haga lo que se le cante un huevo, si quiere verlo por la tele que lo haga, es su cumpleaños”… Se fue joven, pero vivió 18 millones de vidas. Y no es que los demás tengan una vida rutinaria, es que la de él fue extraordinaria. Yo no aguanto ni 10 días esa vida. Ni para sacarle provecho, eh. Es demasiado. Era muy difícil ser él. Solamente Diego podía ser Maradona. Pero cuando era Diego, cuando guardaba el traje de Superman, era algo divino. Yo elijo quedarme con eso. No me gusta hablar, no voy a ir por la vida contando anécdotas. Solo espero ser inteligente para transmitir que él fue genial, que el corazón de él era enorme. Diego era muy humano, era muy buen tipo. Suficiente.

Con la crucecita que le regaló Maradona siempre presente, el Gallego Méndez arranca una nueva etapa como técnico de Godoy Cruz. Foto: Emanuel Fernández

Con la crucecita que le regaló Maradona siempre presente, el Gallego Méndez arranca una nueva etapa como técnico de Godoy Cruz. Foto: Emanuel Fernández

“No creo que Di Stéfano o Cruyff necesitaran Instagram para jugar”

-¿Te hizo bien volver rápido a enfocar la cabeza en el fútbol?

-Siempre. No sé hacer otra cosa. Y no quiero hacer otra cosa. Me gusta mucho lo que hago, adoro el juego. Aunque me sacó muchas cosas: me sacó tiempo. Pero lo sigo eligiendo.

-¿Cómo sos cuando no dirigís?

-Insoportable. Me resulta complicado llevar el ocio. Siento que no hago nada. Puedo ver 10 mil partidos pero no se me pasa más el día. El fútbol es una adicción. Y de las mejores. 

-¿No resulta una carga anímica muy pesada?

-A mí me encanta, amo las presiones. Quiero que vuelvan los hinchas a las canchas, es insoportable el fútbol sin gente. Y que vuelvan los descensos, a pesar de nuestra situación. El fútbol es presión y convivir con la presión es atractivo. Me pasó cuando volví de España, necesitaba eso de lo que tanto nos quejamos. El primer día que salí a la cancha de San Lorenzo sentí que se me estrujaba el estómago y tenía adrenalina por todos lados. Meterse en la leonera es para mí la esencia de todo, para eso nos criaron. Por eso fuimos jugadores y lo seguiremos siendo.

-¿No se va nunca el futbolista?

-Para mí, es imposible. Lo que no tenés que ser es autorreferencial. Y menos yo que me considero que fui un jugador de los normalitos para abajo. Pero no puedo matar al jugador, no puedo matar lo que fui.

-¿Sentís que se habla cada vez de los técnicos y menos de los jugadores?

-Sí, es cierto. Pero sería aburridísimo un fútbol de técnicos. El fútbol es de los jugadores. El día que un técnico haga un gol… ¿Quién corrió? ¿Quién ganó los duelos? ¿Quién defendió? A mí me encanta Klopp, pero si Salah controla un pase de 60 metros y la clava en el ángulo, ¿lo hizo Klopp o lo hizo Salah? ¿Qué le podés enseñar a Messi? Nada. Puede perfeccionar alguna cosa, como hizo con los tiros libre, pero yo jugué 15 años al fútbol y por más que toda la vida practique tiros libre no le voy a embocar jamás al arco.

Zielinski dice que todos los técnicos argentinos hacen más o menos lo mismo pero algunos hablan raro y se venden mejor.

-Coincido. Se creó un nuevo lenguaje, ¿no? Inclusive cuando hice el curso de entrenador tuve una materia que se llamaba “lenguaje futbolístico”. El extremo es wing, el interior es 8, el control orientado es cuando la parás bien y un mal control es cuando la parás como el culo. Yo no creo que el fútbol tenga tanta ciencia, hay veces que buscan complicar lo simple. Hablan de pasillos, de callejones, de carrileros. Parece que va a pasar un tren por el medio de la cancha. Lo importante es que te entienda el jugador y no lo que vas a decir en la rueda de prensa. Si te están atacando, metete atrás y pasá esos minutos de aluvión porque te matan. Si después me la querés dibujar diciendo que fue un “repliegue total”… No, hermano, estás tratando de sobrevivir al partido porque no te queda otra.

-¿Es difícil entrar en las cabezas de tus jugadores?

-Ahora tienen cada vez más cosas y eso es complicado. Cuando yo jugaba, terminaba el partido y no me metía en las redes sociales a ver qué decían. Yo sigo sin redes sociales y se lo recomendaría a todos. Porque, vamos a ser sinceros: si jugaste mal un partido, ¿qué te van a decir en las redes? Si sos pibe, que sos un pechofrío; si sos grande, que sos un ladrón. Son cosas muy hirientes y que vienen de alguien que ni sabés quién es y que está detrás de una computadora. Yo no creo que Di Stéfano o Cruyff necesitaran Instagram para jugar.

-¿Qué pasa cuando se te despegan los pies de la tierra?

-Hay una cosa: el jugador de fútbol tiene que tener ego porque sino no puede salir a la cancha. Andá a salir a una cancha llena si no tenés ego. Te cagás encima, te querés morir. Te tenés que creer bueno. Pero el asunto es cuando salís de la cancha: ahí sacate el traje de jugador o el de técnico porque sino sos un boludo. Si en definitiva somos todos normales… En el final de mi carrera, en Banfield, arrancaba a jugar James Rodríguez. Y vos ya lo veías, el pibe era demasiado bueno. Un día Julio (Falcioni) lo agarró y le dijo que empezara a dormir la siesta porque había dado notas hasta en la Para Ti. Hay que acercarse a los chicos, hablarles, ir llevándolos.

El Gallego Méndez habló de fútbol y de la vida: sus mudanzas constantes, ser padre a distancia y cómo influye el dinero. Foto: Emanuel Fernández

El Gallego Méndez habló de fútbol y de la vida: sus mudanzas constantes, ser padre a distancia y cómo influye el dinero. Foto: Emanuel Fernández

“El trabajo más jodido es ser buen papá, eso me desvela”

Una de las tantas fichas que fueron cayendo en la cabeza de Méndez ocurrió a más de cuatro mil metros de altura. Estaba de paseo con su familia de paseo en la Cuesta de Lipán, una tarde libre cuando dirigía a Gimnasia de Jujuy. “Quise correr 30 metros para ver qué se sentía. Y ahí, entre las piedras, en el medio de la nada, había un tipo que estaba con sus cabras y me dice: ‘Mire, señor, que acá hay un 30% de oxígeno, no intente eso’».

Y esa anécdota dispara el análisis:  «Vos decís: este tipo hace patria. Es difícil vivir ahí. También es difícil vivir en la ciudad porque te tritura, pero andá a vivir ahí. Nosotros nos quejamos si no tenemos wifi. O si el ascensor no anda. Y está bueno que tus hijos lo vean. Santiago, el más grande, que ahora tiene 19 años, fue al colegio en Jujuy. Y me decía que lo cargaban por cómo hablaba, por su acento. Sufría el bullying al revés. Antes, cuando yo jugaba en San Lorenzo tuve que ir a hablar al colegio porque los compañeros le decían barbaridades. Y te tocan a un hijo y los querés matar a todos, se te ponen los ojos en blanco. Pero a su vez, él es quien es por todo lo que vive. Y yo quiero que ellos vivan. Nosotros no podemos protegerlos de todo. No podemos meterlos en una burbuja. Y ese es el trabajo más jodido: ser buen papá. Mucho más complejo que ser entrenador, jugador de fútbol. Eso me desvela, me jode”.

-Y encima el padre trabaja de algo poco habitual.

-Y la distancia te mata. Ayer me vinieron a visitar mis hijas, tengo una de 14 y otra de 8. Soy un padre a distancia porque estoy divorciado y porque mi trabajo es así, me mudé 8 veces en los últimos 10 años. Soy como un gitano: los últimos años fueron Jujuy-Mendoza-Córdoba-Santiago de Chile-Cúcuta-La Plata-Mendoza otra vez. Y sos una casa rodante. Entonces, ves a tus hijos y lo único que tenés es amor. Ayer me fui a caminar con Valentina y Olivia por la avenida Santa Fe y me reí 15 veces. A carcajadas, eh. Y ahí me olvidé de lo que había salido mal en el entrenamiento, si vienen los refuerzos, que todavía no encontré la casa para vivir en Mendoza…

-¿Te inquieta el equilibrio entre todo lo material que podés darles y esa distancia por tu profesión?

-En eso yo soy re culposo. Porque yo no tuve mucho. Mi viejo sí la pasó mal de verdad: laburó desde los ocho años en una mina de carbón. Vivía en el interior de Galicia, en la época de postguerra, jodido, heavy, nada que nosotros conozcamos. Un día le pregunté a mi viejo cuál era el mejor juguete que había tenido y me dijo “una piedra que parecía un coche”. Y yo a mi hijo le compraba 35 Hot Wheels. Y capaz que lo que ellos necesitan es que estés un rato más a su lado. Y ahí entra la culpa. Los chicos nos quieren, a pesar de nuestros errores. Yo me reconozco con muchísimos errores, me mandé un montón de cagadas.

-La guita y el status es un tema que siempre rodea al fútbol.

-Y sí. Yo recuerdo que me cargaban porque no tenía zapatillas para ir a bailar, tenía solo las del baby-fútbol. Cuando empecé a jugar, ponele que tenía 22 años, me compré un coche importado. Y hubo un encuentro en el colegio con los excompañeros. Iba con la idea de mostrar “ven, que ustedes me cargaban, ahí tienen”. Y terminé dejando el coche a tres cuadras, cuando estaba por llegar me apichoné. Si ese no era yo. Si al final nos cagamos de risa y fuimos a una pizzería. Y te conectás con la gente. Yo soy muy colgado con eso: cuelgo por la obsesión que tengo con el laburo. Y pienso que soy mal amigo, me gustaría ser mejor amigo.

-¿Te hubiera gustado que tu hijo fuera futbolista?

-No. Y lo evité. Yo estaba seguro de que no era lo mejor para él. Yo primero quiero que estudien, que sean mejores que yo, que me superen. Ellos tienen las herramientas. En el conocimiento, en el saber, está la clave de todo. Mis hijos van a un colegio bilingüe y yo soy un indio hablando inglés. Y no quería además porque me parece que los hijos de los jugadores sufren el doble. El deporte en sí es genial, pero lo que lo rodea, no. Es eso. Y más si te lo tomás como me lo tomé yo.



Fuente: Clarin.com

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