La superioridad física masculina no se discute en nuestra cultura


Paula Rodríguez (*)

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Cuando arrancó el reclamo por la profesionalización del fútbol femenino, la consigna rápidamente derivó en una más amplia que incluía otros posicionamientos: feminista, disidente y profesional. Desde esa tribuna, la de referentes enroladas en –y acompañadas por- los feminismos, la incorporación de Mara Gómez al escenario del torneo profesional es un paso hacia la igualdad. En la otra tribuna se empezó a escuchar y leer lo previsible: “Eso es ventaja deportiva”. Porque Mara es una jugadora trans y “no se puede negar que tiene la fuerza y la habilidad de un hombre”, dicen.

La de la superioridad física de un cuerpo con características biológicas masculinas es una de las certezas menos cuestionadas de nuestra cultura. Es más fácil sostener que el agua no moja que intentar desarmar esa afirmación. En cuanto una persona trans o intersexual entra en la competencia –como Caster Semenya, la atleta obligada por el IAAF a bajar su producción natural de testosterona- se enarbolan los reglamentos y los argumentos científicos que la sostienen.

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Pero el mundo está cambiando más rápido que los reglamentos y tal vez pronto nos tengamos que preguntar si de verdad la “innegable superioridad física masculina” es tan innegable y es tan superior. Ya en 1995, la inglesa Sheila Scraton -vecina de Marcelo Bielsa, ya que es investigadora en la Universidad Metropolitana de Leeds- citaba en su trabajo «La educación física de las niñas» a expertos que la ponían en duda o al menos se preguntaban qué pasaría si todos los cuerpos fueran entrenados igual desde la niñez, sin preconceptos acerca de quién es el fuerte y quién el débil y sin negarles a unos y a otras los juegos a los que quieran jugar. Hay algunos indicios sobre el futuro: en países donde niños, niñas y adolescentes practican el fútbol mixto en competencia, se empieza a hablar de subir la edad tope para hacerlo. De hecho, Inglaterra la cambió de 16 a 18 recientemente. Al nivelar la cancha, parece, el juego se empareja.

Es difícil saber cómo veremos estas cosas en el futuro.

Tenemos un presente con muchas desigualdades.

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Sin ir más lejos: Villa San Carlos es uno de los clubes más pobres de los que participan en el torneo Rexona. Como otros, solo planta en la cancha a ocho jugadoras con contrato, el mínimo que exige la AFA. No tiene 23 deportistas cobrando un salario. Mucho menos, la preparación física, los apoyos, las viandas y seguimientos nutricionales de, por ejemplo, Boca. Como sus compañeras de El Porvenir -que denunciaron en los últimos partidos muchísimas irregularidades y maltrato por parte de su club- o, sin ir más lejos, de Huracán, las futbolistas de VSC necesitan trabajar de otra cosa para vivir. ¿Podría Villa San Carlos compensar todas esas desventajas para la competencia por incluir en su plantel a una jugadora con más testosterona?

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(*) Escritora y Periodista. Editora del Libro “Pelota de Papel 3”, escrito por mujeres futbolistas.



Fuente: Clarin.com

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