La pelea de los guantes sin relleno y vendas con yeso que terminó con una condena a prisión y una muerte anunciada


Desde que las 12 reglas del marqués de Queensberry fueron adoptadas como el esqueleto normativo del boxeo moderno a fines del siglo XIX, los guantes se transformaron en un elemento omnipresente de protección para quien aplica un golpe y, sobre todo, para quien lo recibe. Con distintos modelos, rellenos, pesos, colores y talles, son tan imprescindibles que su adulteración, por pequeña que sea, puede ser motivo de una sanción deportiva. E incluso de una pena de prisión. De ello puede dar cuenta Luis Resto.

Una pelea, un resultado sorpresivo, dos carreras interrumpidas prematuramente, una muerte, una condena, una redención que nunca llegó y un misterio que tardó años en empezar a desentrañarse dieron forma a una historia que comenzó a gestarse el 16 de junio de 1983 en el Madison Square Garden de Nueva York y que tuvo cuatro protagonistas estelares.

El primer protagonista fue Billy Ray Collins, un muchacho de apenas 21 años, nacido y criado en Antioch, una localidad suburbana ubicada 19 kilómetros al sudeste de Nashville, Tennessee. Hijo de Billy Ray y Bettye, en la familia lo llamaban Ray para distinguirlo de su padre, quien había sido boxeador profesional (peleó en el Luna Park contra Jorge Fernández en 1965) y luego se había dedicado a conducir camiones y a entrenar a su hijo.

Después de edificar una sólida trayectoria amateur (ganó 101 de los 110 combates que realizó), Collins Jr. debutó como profesional el 2 de diciembre de 1981 en Atlantic City: noqueó a Kevin Griffin en tres rounds. Luego encadenó otras 13 victorias en un año y medio, casi todas transmitidas por ESPN, antes de la noche que truncaría su carrera.

El segundo protagonista fue Luis Resto, un puertorriqueño nacido en Juncos, que cuando tenía 9 años se había mudado a Nueva York junto a su madre, Susana Badilla, y dos hermanos. A los 13 había sido expulsado de la escuela por golpear a una docente y enviado a un centro de rehabilitación destinado a adolescentes con patologías psiquiátricas, donde estuvo seis meses.

Tras ello, jamás volvió a la escuela. Comenzó a trabajar como peón en una empresa de productos alimenticios y a practicar boxeo. Como aficionado, ganó tres títulos de los Guantes de Oro de Nueva York, pero no pudo replicar esos éxitos en el campo rentado. A los 28 años, con 20 victorias sin gran brillo, 8 derrotas y 2 empates, su carrera parecía estancada. Pero una cosa es estancada y otra, bien distinta, es hecha trizas.

Luis Resto (derecha) junto a Panamá Lewis (izquierda).

Luis Resto (derecha) junto a Panamá Lewis (izquierda).

El tercer protagonista fue Carlos Lewis, a quien nadie llamaba por su nombre de pila, sino por su apodo: Panamá. Era un destacado entrenador, que había trabajado con Roberto Mano de Piedra Durán y con el ex campeón mundial mediano Vito Antuofermo, y que por entonces conducía la carrera del imbatido monarca superligero de la Asociación Mundial de Boxeo, Aaron Pryor. Y también la de Luis Resto.

La labor de Lewis no había estado exenta de controversias. Apenas siete meses antes, Pryor había expuesto su título ante el nicaragüense Alexis Argüello. En el descanso entre el 13° y 14° asaltos y con ambos boxeadores agotados, un micrófono de la televisión captó a Panamá pidiendo a Artie Curley, uno de sus asistentes en la esquina: “Dame la botella. No esa, la que mezclé”.

Pryor bebió de la dichosa botella, volvió revitalizado y noqueó en ese 14° capítulo a Argüello, que tras el desenlace estuvo cuatro minutos inconsciente sobre la lona.

El manager del nicaragüense, Bill Miller, presentó una queja ante la Comisión Atlética de Miami, pero ni el contenido de la botella fue revisado ni los púgiles fueron sometidos a controles de orina.

Lewis sostuvo que en el recipiente había una mezcla de soda y agua de la canilla. Curley aseguró que era aguardiente de menta. “Aaron había comido un bife grande a las 17.30 y después había dormido una siesta. Eso lo hizo eructar toda la noche. El aguardiente fue solo para calmar su estómago”, justificó. Nunca se supo realmente qué había sucedido.

Billy Ray Collins Jr. intenta bloquear un golpe de Luis Resto durante el combate en el Madison Square Garden.

Billy Ray Collins Jr. intenta bloquear un golpe de Luis Resto durante el combate en el Madison Square Garden.

El cuarto protagonista de la historia fue el par de guantes rojos que Resto utilizó el 16 de junio de 1983 para enfrentar a Billy Ray Collins Jr.

Esa noche, 20.061 espectadores llegaron al Madison para la velada organizada por Top Rank, que tenía como atractivo principal el combate que protagonizarían Davey Moore, campeón superwélter de la AMB, y Roberto Durán.

En uno de los duelos preliminares encuadrado en la misma categoría, el ascendente Collins, que había logrado 11 de sus 14 victorias antes del límite, era amplio favorito ante Resto. Incluso se especulaba con que si ganaba (algo que se descontaba), sería el siguiente rival del vencedor de la pelea estelar de la noche.

Media hora antes de la contienda, Pasquale Giovanelli y Richard Hering, los inspectores contratados por Top Rank, controlaron el vendaje y la colocación de los guantes de Collins. Terminada la tarea, se mudaron al camarín de Resto. Allí, Panamá Lewis les pidió más tiempo para alistar a su púgil. Cuando regresaron, 15 minutos después, el puertorriqueño ya tenía colocados los guantes. Los inspectores no los revisaron, como tampoco el vendaje. Un desliz que terminaría costando caro.

Sobre el cuadrilátero, el favoritismo del pelirrojo Collins, a quien apodaban el Irlandés, se fue esfumando tan pronto como comenzó a dibujarse una marca violácea bajo su ojo izquierdo en el segundo round. Los golpes de Resto hacían mucho más daño que el previsto (solo registraba ocho nocauts en su carrera). Durante el descanso entre el tercer y el cuarto rounds, el micrófono de la televisión visitó la esquina del favorito. “Es mucho más fuerte de lo que pensaba”, se lo escuchó decir.

“Se siente como si tuviera piedras en los guantes”, comentó en la siguiente pausa. Por entonces y con el puertorriqueño dominando la contienda, otra marca violácea decoraba el pómulo derecho de Collins. Y en el séptimo capítulo la herida bajo el ojo izquierdo comenzó a sangrar.

No hubo caídas en los 10 episodios que duró el duelo, pese a que el joven de Tennessee tambaleó en el último. Pero su rostro tumefacto y sus ojos cerrados daban cuenta de la dureza del castigo.

Tanto el árbitro Tony Pérez como los jueces Bill Graham y Carol Castellano declararon ganador a Resto, que a la mayor bolsa de su vida (10.000 dólares) le añadía la mejor victoria de su carrera. Feliz, el vencedor cruzó a la esquina opuesta a saludar a su rival y a los asistentes.

En eso estaban cuando Billy padre tocó los guantes del puertorriqueño, se sobresaltó, convocó a los gritos al responsable de la Comisión Atlética del Estado de Nueva York (NYSAC) y le dijo: “Todo el relleno está fuera de los malditos guantes. ¡Está todo fuera!”. “¡Esos son los guantes que nos dieron!”, respondió, también a los gritos, Panamá Lewis.

Después del combate, John Squeri, el inspector jefe de la NYSAC, confiscó los guantes del vestuario de Resto, los guardó en una caja de cartón y se los entregó a Jack Prenderville, presidente del organismo. Prenderville se los dio a Jack Graham, otro funcionario de la Comisión, que los guardó en el baúl de su auto. Al día siguiente, Graham los entregó a Everlast, la empresa que los había fabricado, para un chequeo. Ese pasamanos sería una de las herramientas de defensa a las que recurriría Lewis cuando las cosas se pusieran oscuras para él y su pupilo.

Los guantes también fueron sometidos a pruebas por el laboratorio de la Academia de Policía del Estado de Nueva York, en Newburgh. Allí se constató que, a través de pequeños agujeros hechos en el forro interior, había sido retirado el 50 por ciento del relleno de dos onzas (56,7 gramos) de acolchado de crin que debían tener. El efecto de la manipulación era evidente: a menor cantidad de acolchado, mayor potencia de los impactos.

El rostro desfigurado de Billy Ray Collins Jr., tras el combate con Luis Resto.

El rostro desfigurado de Billy Ray Collins Jr., tras el combate con Luis Resto.

Dos semanas después de la pelea, la NYSAC citó a declarar a Resto, a Lewis y también a Artie Curley y Pedro Alvarado, los otros dos integrantes de la esquina. Alvarado, quien había recibido los guantes de Resto antes de la pelea y había firmado en conformidad, sostuvo que los había inspeccionado y no había detectado irregularidad alguna. Curley alegó que él no estaba en el vestuario en ese momento. Lewis se mostró sorprendido y puso en duda la cadena de custodia de los guantes luego de que fueron incautados. Resto negó todo.

El 1° de julio de 1983, la NYSAC suspendió por un período mínimo de un año a Resto, revocó de por vida las licencias de manager y segundo de Lewis y la de segundo de Alvarado, y absolvió a Curley. Además solicitó a las federaciones y comisiones de otros estados que respetaran esas sanciones. Y modificó el resultado de la pelea: la victoria del puertorriqueño se convirtió en un combate sin decisión.

Lewis y Alvarado fueron penados por ser “responsables de la custodia de los guantes”. En cuanto a Resto, “si bien puede no haber tenido conocimiento real de la manipulación, siendo un boxeador experimentado debería haber notado durante la pelea la marcada alteración y tendría que haberlo informado”, explicó Jack Prenderville, presidente de la Comisión.

Mientras la maniobra quedaba en evidencia y los responsables eran expulsados del universo del boxeo, Billy Ray Collins Jr. también empezaba a alejarse de los cuadriláteros. Durante las semanas posteriores a la pelea con Resto, visitó junto a su padre a siete oftalmólogos. Todos coincidieron en que había sufrido un desgarro en el iris del ojo derecho que le provocaría visión borrosa de por vida y le impediría seguir combatiendo. Su sueño se desvanecía cuando apenas había empezado a acariciarlo.

Deprimido y desprovisto de su fuente de ingresos, comenzó a trabajar como pintor, pero fue despedido a las pocas semanas por sus dificultades visuales. Tampoco duró demasiado en una fábrica de bolsas de arpillera. Sin boxeo y sin dinero, empezó a beber y a discutir frecuentemente con su esposa, Andrea Morse, a quien había conocido en el colegio secundario. Junto a Alisha, la hija recién nacida de la pareja, Andrea terminó abandonando el departamento que compartían en Antioch.

El auto de Billy Ray Collins Jr., destruido tras el accidente en que murió el boxeador.

El auto de Billy Ray Collins Jr., destruido tras el accidente en que murió el boxeador.

La noche del 7 de marzo de 1984, ocho meses después de su última pelea, Collins, borracho y acompañado por su amigo John Duke, visitó a Ann, su hermana mayor. Discutió con ella y se enfrentó a puñetazos con su padre y otrora entrenador. Luego abandonó la vivienda y abordó su Oldsmobile Cutlass negro modelo 1972. Apenas unos minutos después, el vehículo se estrelló contra un muro de concreto a 109 kilómetros por hora, golpeó un árbol y terminó cayendo a un arroyo seco junto a un camino rural. Billy Ray falleció en el acto.

No murió en ese accidente. Fue asesinado en Nueva York. Después de esa noche, él pensó que era un fracaso. Su mente joven no pudo soportarlo, no pudo hacerle frente y su vida se vino abajo”, argumentó pocos días después, en una entrevista en The New York Times, Billy padre, quien hasta sus últimos días (falleció en 2018) cargó con la mochila de haber estado en el rincón junto a su hijo el día de la paliza ante Resto.

“Nunca me di cuenta de lo que estaba pasando. Tal vez si Ray me hubiera dicho ‘nudillos desnudos’, habría recibido el mensaje, pero no pensé en eso. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Acaso no queda ninguna honestidad en el mundo?”, se preguntaría en otra entrevista 24 años más tarde.

Billy Ray Collins Jr., junto a su padre, después de la pelea ante Luis Resto.

Billy Ray Collins Jr., junto a su padre, después de la pelea ante Luis Resto.

La muerte de Billy Ray oscureció aun más el panorama para Resto y Lewis, quienes en enero de 1985, por iniciativa de Collins padre, fueron acusados por el fiscal de distrito de Manhattan, Robert Morgenthau, de agresión, posesión criminal de un arma (los puños del puertorriqueño con los guantes adulterados) y conspiración. El entrenador también fue acusado de alterar el resultado de un evento deportivo.

El juicio en la Corte Suprema del Estado de Nueva York se llevó a cabo en octubre de 1986 y el jurado encontró culpables al boxeador y a su entrenador de los cargos. Veinte días después de esa decisión, el juez Eugene Nardelli fijó una pena de entre uno y tres años de prisión para Resto y de entre dos y seis años para Lewis. El púgil pasó dos años y medio encerrado y recuperó su libertad en 1989. Unos meses más tarde, Panamá siguió su camino.

Al derrotero judicial de la familia de Billy Ray todavía le quedaba un par de capítulos. El 25 de septiembre de 1990, Richard Owen, juez del Tribunal de Distrito de Manhattan, desestimó una demanda civil por 65 millones de dólares que Billy padre y Andrea Morse habían entablado por daños y perjuicios contra Top Rank y contra Madison Square Garden Inc., la compañía que regenteaba el coliseo neoyorquino.

La demanda alegaba que la lesión en el ojo derecho sufrida por Billy Ray había terminado con su carrera y que el accidente que había provocado su muerte había sido causado por la depresión que le había generado la imposibilidad de volver a boxear. El juez evaluó que los acusados no podían ser considerados responsables de la manipulación de los guantes que había propiciado la lesión.

Tampoco prosperó una demanda contra la Comisión Atlética del Estado de Nueva York por la deficiente tarea de los inspectores en la revisión de los guantes y el vendaje de Resto. En septiembre de 1994, tras una década de dilaciones judiciales, un tribunal falló a favor de la NYSAC.

Billy Ray Collins Jr. espera la decisión de los jueces tras su combate con Luis Resto.

Billy Ray Collins Jr. espera la decisión de los jueces tras su combate con Luis Resto.

Pese a su paso por la cárcel y a la prohibición de desempeñar funciones en un rincón, Panamá Lewis conservó algo de su prestigio y continuó vinculado estrechamente al boxeo: trabajó en gimnasios de Nueva York, Las Vegas y Miami junto a púgiles de renombre como Mike Tyson, Tony Tucker, Francois Botha y Zab Judah, aunque no consiguió que su licencia fuera rehabilitada.

El panorama fue mucho menos auspicioso para Resto: vivió un tiempo en las calles y otro en una habitación minúscula en el sótano del Morris Park Boxing Club del Bronx, trabajó como albañil y como empleado de seguridad, además de hacerlo en el gimnasio que era también su casa, y se convirtió en una mancha que el universo de los guantes prefirió olvidar.

Un crudo documental

Su historia recién salió del oscuro cofre del recuerdos que casi nadie quería recordar en 2009, cuando se estrenó el telefilm Assault in the Ring, dirigido y producido por Eric Drath y ganador del premio al mejor documental deportivo del año en los Sports Emmy Awards, otorgados por la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Televisión de Estados Unidos.

Un cuarto de siglo después de aquella pelea en el Madison, la película intenta desentrañar la historia de lo sucedido esa noche. Para ello, acompaña a Resto en un recorrido por distintos puntos de Estados Unidos para reencontrarse con sus hijos, con su exesposa, con su madre, con una de sus hermanas y con Panamá Lewis. Y también para visitar a la viuda y a los padres de Collins Jr.

El periplo es también un viaje a lo más profundo de la mente del exboxeador caído en desgracia. Y en esa odisea, su discurso va mutando dramáticamente. De entrada, se desliga de cualquier participación en el hecho (“No sé quién le hizo eso a los guantes; si lo hubiese sabido, no habría peleado”, afirma), sostiene que todos los días de su vida piensa en su último rival y revela que su exclusión del boxeo lo llevó a consumir drogas y a intentar suicidarse.

Luis Resto, junto a una gigantografía del rostro tumefacto de Billy Ray Collins Jr.

Luis Resto, junto a una gigantografía del rostro tumefacto de Billy Ray Collins Jr.

Después de un primer encuentro con Lewis que enseguida se empantana, como consecuencia de que el entrenador sostiene a capa y espada un irritante discurso negacionista y de victimización, Resto empieza a cambiar su versión de los hechos: cuenta que Panamá colocó yeso húmedo en su vendaje antes de la pelea con Collins y hace referencia, sin dar mayores precisiones, a que “había mucho dinero de apuestas involucrado” en el combate de esa noche y que por eso él debía ganar como fuera.

Además, cuenta que su entrenador solía moler píldoras antihistamínicas y las mezclaba con el agua que luego le suministraba durante las peleas, algo que podría echar luz también sobre aquel episodio de la botella en el duelo entre Aaron Pryor y Alexis Argüello.

Y finalmente, después de un viaje a Antioch en el que visitó la tumba de su adversario y se reunió con su viuda, aunque no pudo hacerlo con sus padres (dos portazos en la cara fueron la respuesta), el puertorriqueño admite que estaba al tanto de que los guantes que usó para vencer a Collins habían sido adulterados. A esa altura, ya no sorprende que las lágrimas interrumpan en cada frase el discurso de ese hombre duro y curtido.

Ya con algunos fantasmas menos en su cabeza, Resto confronta nuevamente a Lewis, pero ya no para preguntarle qué había sucedido la noche del 16 de junio de 1983, sino para señalarlo como responsable de su debacle. “Andate a la mierda, arruinaste mi carrera”, lo increpa. “Te quiero como a un hijo”, le replica el entrenador en un diálogo tenso y, por momentos, irracional. Luego sus caminos se separan otra vez, como había ocurrido años atrás.

Resto intentó conseguir una licencia para ser segundo, pero la NYSAC se la denegó en 2012, por lo que debió conformarse con entrenar a adolescentes en el Bronx y vivir en base a una economía de subsistencia elemental. Lewis tampoco logró que su permiso fuera rehabilitado, pero continuó trabajando con púgiles profesionales y de renombre y gozando de un pasar bastante más holgado que el de su viejo pupilo.

HS



Fuente: Clarin.com

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